La Suite Vollard
“Picasso
ha llegado a la pintura convencido de la enfermedad del cuerpo”
Ángel González García (Beber petróleo para escupir fuego, Ediciones Turner, Madrid, 1991)
Escena báquica del minotauro(1933)
Cobre, aguafuerte,
297mm x 366mm
Papel verjurado de Montval
Suite Vollard, aquel maravilloso conjunto de grabados, litografías y
aguafuertes que Picasso produjo para uno de los grandes cultores del arte
contemporáneo primitivo, el coleccionista y marchand francés Ambroise Vollard,
entre 1927 y 1937, y que – ciertamente- constituye uno de los conjuntos más
sorprendentes y deslumbrantes de su abultada y variopinta iconografía.
Aunque heterogénea en su conformación (la Suite
comprende obras que abarcan temas tan diferentes, como son las series de El Taller del Escultor, El Minotauro, El
artista y la modelo, las violaciones o La batalla del amor, sus Mitologías y Rembrandt, además de los retratos del propio Ambroise Vollard), el
conjunto de las 100 planchas que la conforman está signado por una intensidad
constante, un derrotero surcado tanto por un patético y melancólico erotismo,
cuanto por un deseo evidente de reconciliar las fuentes paganas y clásicas de
su sensibilidad con las canteras más apasionadas y recónditas del arte contemporáneo.
Entre los temas abordados el que Picasso ha
trabajado con más ahínco es el de El Taller del Escultor, evidentemente por
tratarse de una saga que removió, especialmente en la época en que inició la
producción de estos grabados, su sensibilidad masculina y artística. Más que en
los otros temas, en los que la pasión o el afecto resultan representados de una
manera nítida y calmada, el Taller está transido de perturbaciones y sentimientos equívocos, una extraña
confluencia de motivos alusivos al clasicismo mitológico, y de referencias a
una sexualidad contemplativa y melancólica.
Escultor, modelo y escultura (1933)
Cobre, punta seca,
318mm x 185mm
papel verjurado de Montval
Escultor, modelo y busto esculpido (1933)
Cobre, aguafuerte,
267mm x 194mm.
Escultor en el trabajo (1933)
cobre, aguafuerte,
267mm x 194mm.
La inmersión en las turbulentas figuraciones
urdidas por Picasso para escenificar un asunto que evidentemente lo angustiaba,
está cargado de alusiones al turbado clasicismo de Jean Dominique Ingres, tanto
en la selección de los personajes, como en los tanteos en base a los cuales
Picasso transmuta y elabora la misteriosa y neurótica sensualidad de esa figura clave del diseño
académico. Como en sus escarceos con su propio arsenal iconográfico (en muchas
de las estampas aparecen las imágenes de las rollizas esculturas con las que
honró la pasión carnal que profesó por Marie Therése Walter)
Tres mujeres desnudas cerca de una ventana (1933)
cobre, aguafuerte,
367mm x 298mm.
Escultor y modelo arrodillada (1933)
Cobre, aguafuerte,
367mm x 298mm.
En un registro más tierno y nostálgico, las estampas en las que se
desarrolla el tema de El artista y la modelo dan cuenta de su añoranza por las
virtudes del amor contemplativo, una dimensión más bien abnegada e idílica a la
que evidentemente se sentía atraído, particularmente por contraposición a la
manera truculenta y conflictiva como discurrieron en la realidad sus frecuentes
amoríos. Estas exquisitas láminas parecen destinadas- en cambio- a glorificar
su masculinidad narcisa y patriarcal, una condición de las figuras femeninas a
las que convoca a su regazo de patricio munificente y tribal, (en la figura
inconfundiblemente autográfica del personajes barbudo y complaciente que hace
las veces de artista), conforman transmutadas en inocentes musas.
Escultor reposando II (1933)
Cobre, aguafuerte,
193mm x 267mm
Escultor reposando IV (1933)
Cobre, aguafuerte,
193mm x 267mm.
Es en la serie de las Violaciones, donde Picasso alcanza- sin embargo-
su mayor intensidad y desenfado, en las
medida en que la reiteración del tema de la cópula resulta exacerbado por la
imagen desbocada de las anatomías trenzadas en el furor de la excitación
carnal. Para que no cupiera duda respecto a su intensidad de querer comunicar
la plenitud de un exultante estado orgiástico, Picasso no sólo ha saturado el
espacio mismo de la plancha con la voluptuosidad de las dos figuras retorcidas,
sino que además ha repetido el mismo tema bajo diversos tratamientos, en lo que
sin duda constituye un intento por exorcizar
visualmente la inasible condición de ese momento.
Violación (1931)
Cobre, aguafuerte,
221mm x 312mm.
Violación V (1933)
Cobre, punta seca,
297mm x 367mm
Violación VII (1933)
Cobre, punta seca y aguatinta,
198mm x 278mm
Violación bajo ventana (1933)
Cobre, aguatinta, aguafuerte y punta seca,
278mm x 198mm
Una de las secuencias más intrigantes y
originales, es la que gira alrededor del personaje del Minotauro, aquella
extraña figura primitiva, con facciones humanas equinas y taurinas, que Picasso
rescata de lo más recóndito de la mitología mediterránea para hacerla portavoz
de sus oscuros atavismos y apetitos. Sintonizando sutilmente con las
misteriosas alucinaciones que brotan de la confluencia entre su humanidad y su
animalidad, Picasso maniobra hábilmente la condición entre instintiva, astuta y
brutal del monstruo arcaico, para encarnarse a sí mismo protagonizando sus más
exultantes apetitos, aquellas circunstancias en las que su incapacidad para
descifrar o aceptar sus devaneos o sus desbordes irracionales, lo llevaban a
refugiarse en la dimensión sobrehumana de un Olimpo primitivo hecho a la medida
de su imaginación y su fruición artística.
Minotauro atacando a una amazona (1933)
Cobre, aguafuerte,
194 mm x 268mm
Minotauro acariciando a una mujer dormida (1933)
Cobre, punta seca,
300mm x 370mm.
Un aspecto fundamental para entender a cabalidad la riqueza y temática de
la Suite, tiene que ver con la
fascinación que ejerció sobre Picasso, todo el universo estético que descubrió
en el mundo del grabado, un territorio cuya diversidad y potencial artístico no
había ensayado a plenitud hasta que Vollard lo puso en contacto con Louis Fort,
un eximio impresor que lo llevó a descubrir , no solo las infinitas
posibilidades de este género, sino también los inagotables matices que el
grabador era capaz de descubrir, sea manipulando su habilidad técnica, o
experimentando continuamente con las calidades del papel, las tintas y los
ácidos. Además del desafío proveniente de las modalidades sugeridas por las
múltiples maneras de grabar y dibujar, Picasso encontró los matices que le
abrían las formas de dibujar y de valorizar propias del grabado (el uso de la
punta seca o el buril), las sutilezas que producían las variantes del
aguafuerte y la aguatinta, y los efectos que podrían obtenerse durante el proceso del estampado.

Retraro de Vollard II (1937)
Cobre, aguatinta,
348mm x 247mm.
Información consultada :
Cooper Llosa, Frederick(1997). “La Suite Vollard”. En Arkinka. Lima:Stella.